Una mirada crítica sobre el modelo de las industrias creativas.

En esta parte final del curso nos hemos dedicado a explorar el concepto de ‘industrias creativas’, indagando tanto en la realidad política y económica que dibuja este discurso como en los impactos sociales que puede generar. En este nuevo marco, que por primera vez fue utilizado por el gobierno australiano en los 80s, se incluirán sectores con altas cuotas de informalidad como el diseño, la moda, la publicidad, la programación de software o el arte contemporáneo. Sectores que, hasta ese momento, eran la base productiva de las denominadas ‘industrias culturales’ pero eran considerados de manera periférica respecto al modelo económico estatal. Las industrias creativas serán descritas como aquellas pequeñas empresas y freelances que a través de su talento y creatividad individual van a crear un nuevo tejido empresarial en el contexto estatal. La manera de extraer renta de su trabajo será a través de la explotación de “la propiedad intelectual”.

Uno de los casos paradigmáticos en la implementación de las industrias creativas como discurso central de las políticas públicas lo podemos encontrar en el programa Cool Britania llevado a cabo por el gobierno de Tony Blair a mediados de los años noventa. Los laboristas elaboraron una serie de medidas públicas que buscaban fomentar las industrias creativas, viendo el gran potencial que este tejido productivo tenía a la hora de fomentar políticas de branding, proyectando así una imagen creativa del contexto británico. Las industrias creativas, debido a su capacidad para generar capital simbólico y al tipo de trabajo que naturalizan (flexible e irregular, pero basado en la pasión y con altas dosis de distinción social) también tenían un gran impacto en la regeneración de núcleos urbanos, reconvertidos así en singulares conglomerados creativos (creative clusters). La lógica por tanto de estas políticas estaba basada en la creencia de que desarrollo social y desarrollo económico se mantienen íntimamente relacionados, e incentivar un tejido creativo puede generar externalidades positivas que se redistribuyen entre toda la ciudadanía.

Frente a estas medidas políticas y esa relación lineal entre desarrollo social y económico, emergen voces críticas que se encargaran de desvelar aspectos negativos de este modelo que, como vemos, traza una lógica neoliberal donde son las relaciones de mercado las que van a generar redistribución de la riqueza. Una correspondencia muy cuestionable tal y como argumentan autoras como Kate Oakley, quien analiza críticamente el modelo de trabajo que este discurso intenta ‘normalizar’ y la segregación social inherente a un tipo de trabajo al que solo algunos pueden acceder. Otros efectos desprendidos de este modelo son sus elevados índices de precariedad laboral (Isabell Lorey) o la terciarización de las ciudades derivada del auge del turismo cultural que produce una revalorización del suelo, fomentando procesos de sustitución social (gentrificación). Tal y como señala el geógrafo marxista David Harvey, estos procesos, en los que el capital simbólico generado colectivamente crean una ‘renta monopolista’ (el contexto es tan singular que es imposible reproducir la experiencia ‘cool britania’ en otro lugar) ponen de manifiesto un claro proceso de desposesión. Las marcas de identidad de un contexto se generan de manera colectiva, por toda la ciudadanía, mientras que sólo unos sectores muy determinados (turístico, inmobiliario, etc.) son los que extraen renta económica.

Todo este complejo entramado de relaciones, contenidas en el concepto de industrias creativas analizado durante el curso, ha dado lugar a una serie de procesos y conceptos derivados como el citybranding, la innovación, economización de la cultura;, culturización de la economía o la creatividad social. Todos estos procesos, teniendo en cuenta la centralidad del conocimiento y la creatividad como recursos principales en la ‘sociedad de la información’, pueden verse como articulaciones entre la economía y la producción colectiva de valor. Citando un caso concreto donde esta articulación se pone de manifiesto, uno de los debates del curso se centró en el análisis crítico que Nick Dyer Whiteford hace de la figura del prosumidor (consumidor que produce valor). En su artículo “Sobre la contestación al capitalismo cognitivo. Composición de clase en la industria de los videojuegos y de los juegos de ordenador” (en Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva. Ed. Traficantes de sueños, 2004), Whiteford analiza cómo la industria del videojuego extrae valor de la producción desinteresada de consumidores que evalúan y mejoran los juegos que consumen. Ese tipo de consumidores que producen valor, denominados prosumidores, forman parte de uno de los procesos de transformación actuales que tal vez mejor explican las nuevas formas de producción y consumo en la ‘sociedad de la información’. El texto ha permitido adentrarnos un poco en el mundo de la producción cognitiva en un sector tan específico como la industria de los videojuegos, para ver cómo cambia el rol del consumidor, ver dónde y cómo se produce valor en el capitalismo cognitivo, cómo se extrae renta de la cooperación entre usuarios y cómo se desdibujan completamente las divisiones entre trabajo/ocio, elementos sin duda centrales para entender y poder analizar críticamente la ‘economía creativa’.

De este modo se ha generado un debate que ha articulado las siguientes cuestiones:

  • ¿A qué responde ese papel preponderante de los prosumidores en la economía creativa?
  • ¿Qué les empuja a participar (produciendo valor) sin percibir una remuneración a cambio?
  • ¿En qué otras esferas de producción/sectores productivos encontramos comunidades de prosumidores?

De ello han surgido respuestas tan interesantes como:

“cómo el neoliberalismo acabó fusionando las vocaciones con el trabajo, en una harmonización de lo laboral con lo personal a través de las industrias creativas. Pues bien, ahora nos situamos en una etapa más allá en cuanto ese optimismo se ha desvanecido. La desafección que toda rutina enmarcada en un corsé laboral ha producido, tiene como relevo el auge de las aficiones y la generación de “contenidos propios”, ya sea en Facebook o en cualquier otra actividad-hobby.” Darío Fernández

“Esta idea de autorrealización, de buscarse uno mismo y sacarle máximo partido a la creatividad, son conceptos que se están tratando por gente (Marion von Osten, Isabell Lorey…) con la que me estoy encontrando en lecturas. Sostienen que es la sociedad capitalista, la política neoliberal la que de alguna manera, arenga a los individuos a que sigan como modelo la figura del artista, sus maneras, logros y características de estilo de vida. Hay que tener en cuenta que una de las características del estilo de vida del artista, o trabajador cultural es su precariedad laboral… De alguna manera entiendo ese mensaje como ‘asumamos todos de una vez que las condiciones laborales van a seguir siendo desastrosas incluso cada vez peores, pero pensemos que llevamos una vida excitante y plena donde a cada momento nos la tenemos que inventar…” Mónica García.

A modo de conclusión resulta útil ver el marco crítico que plantea el discurso del capitalismo cognitivo, donde esta articulación entre producción colectiva y el sistema capitalista se analiza como un régimen de control y privatización de la potencia de la creatividad social. Es necesario ver que esta producción de valor excede, no sólo los muros del entorno empresarial, sino también del tejido creativo presente en las industrias creativas. Entender el papel central que, no solo los consumidores, sino la ciudadanía en general tienen sobre el desarrollo económico de los contexto metropolitanos complejiza y pone en crisis las políticas culturales basadas en el dogma neoliberal.